jueves, 15 de diciembre de 2016

Tesina "Nuevos géneros en el lenguaje" (ensayo hacia una nueva forma de comunicar)

 

Para que los sonidos de una lengua sean comprensibles

hay que asociarles los significados, o bien los contenidos.

Umberto Eco


NUEVOS GÉNEROS EN EL LENGUAJE

ensayo hacia una nueva forma de comunicar




Autor: Diego Tedeschi - Tutora: Adriana Santa Cruz



Todas las palabras fueron alguna vez un neologismo.

Jorge Luis Borges


El presente trabajo es un ensayo que no tiene más pretensiones que la de compartir una realidad que supera la ficción. Hay un nuevo lenguaje, una nueva forma de comunicación en torno al género. Aquí compartiremos algunas ideas y definiciones sobre los usos y costumbres de un lenguaje moderno que se ha reflejado, especialmente, en distintas tribus socio-culturales y con acentuación en la realidad que hoy determinan las redes sociales. Desde la mutabilidad de la lengua, considero que hay una nueva forma de utilización de un lenguaje no sexista. Hay textos que plantean un lenguaje poco acorde con lo actual y existen propuestas más recientes, desde el campo del activismo socio-cultural, que proponen un modo menos ortodoxo para expresarse. Autores de la talla de Michel Foucault: Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas (1968); Ferdinand de Saussure: Curso de lingüística general (1998); Umberto Eco: La búsqueda de la lengua perfecta (1994); Pierre Bourdieu: ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos(2014), son algunos referentes históricos que abrieron caminos en el arte de expresarnos a través del lenguaje y que han sido revisitados como salvavidas en este mar de tantos neologismos para tratar de comprender qué ocurre en la actualidad. También se abordaron propuestas de un lenguaje más en sintonía con este tiempo en artículos como “Nota al uso del lenguaje” del Grupo Anarquista Pirexia o “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” de Ignacio Bosque como parte de la bibliografía consultada y confrontada.

Los objetivos del ensayo son reflejar, a partir de despojarnos de nuestras creencias y representaciones, que existe una nueva postura de un lenguaje no sexista e inclusivo que excede las reglas y las recomendaciones que propone la Real Academia Española (RAE); una actitud que pueda mejorar un lenguaje que sigue resultando –desde lo masculino– más “cómodo” para el escribir, el leer, el hablar, el decir; promover las nuevas ideas que proponen un lenguaje más en sintonía con los tiempos que corren en la comunicación, una nueva manera de abordar un lenguaje no sexista que contemple las posibilidades de no sectorizar el género.


Texto completo en el siguiente enlace: https://bit.ly/401IvEj

jueves, 20 de marzo de 2014

MEMORIA VISIBILIDAD DIVERSIDAD IGUALDAD

 MEMORIA VISIBILIDAD DIVERSIDAD IGUALDAD




Solo puedo pensar en felicidad, pero también me aborda la tristeza.


La felicidad no hace mucha falta explicarla. Tiene que ver con haber logrado los mismos derechos con los mismos nombres. El incansable trabajo que llevaron a cabo activistas, militantes, políticxs comprometidxs, políticxs que se animaron a debatir, aunque no estuvieran convencidxs de nada. Gays, lesbianas, trans, travestis, transgéneros, bisexuales, intersexuales, heterosexuales, queer, pansexuales, todas y todos iguales: los mismos derechos con los mismos nombres.


Para hablar de la tristeza, que es efímera y personal, voy a hablar desde la alegría. Y desde la Memoria. En 1996 corrimos. Fue la primera vez que corría detrás de algo muy chiquito que sería una pieza fundamental para los logros que vendrían –un camino parecido aunque más empantanado, que el periodista y militante Bruno Bimbi describe con rigor periodístico y precisión novelesca en su fascinante e histórico libro “MATRIMONIO IGUALITARIO”; memoria necesaria para todxs desde el mismo día de su edición-. Ese paso chiquito que hicimos, embanderados en la vida política de Carlos Jauregui -mientras agonizaba en la calle Paraná-, con Julio Talavera, Marcelo Ferreyra, Javier Hourcade Bellocq, María Rachid, César Cigliutti, Ilse Fuskova, Lohana Berkins, Nadia Echazú, María Belén Correa, los pastores Norberto y Alejandro, el Grupo Nexo y la revista NX, Claudina Marek, Gustavo Pecoraro, Rafael Freda, Eduardo Vázquez, Marcelo Suntheim, Gonzalo Laborde, Marcelo Feldman, Ángela Vanni, Guam y Luciano, Luciana Kerner, Bibi Lorenzano, María Luisa Peralta, Alejandra Sardá, Chela, Lali, SIGLA, Amenaza Lésbica, Gays y Lesbianas por los Derechos Civiles, ATA -hoy ATTTA-, ICM, OTTRA, el grupo de Jóvenes Construyendo Nuestra Sexualidad, Lesbianas a la Vista, Escrita en el cuerpo, CHA, Convocatoria Lesbiana, Grupo de Integración Lésbica, la Biblioteca GLTT, ese ínfimo, pero infinito camino de partida en la Estatuyente para -entonces- la futura Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue un momento de regocijo y pasión para mí y, seguramente, para todas y todos lxs que participamos de ello. Muchos seres anónimxs y nombres que no recuerdo han sido parte de ese instante.


Recostadas y recostados en la Memoria de Carlos Jauregui, que hacía días nos había dejado, contamos con el apoyo incondicional, HAY QUE DECIRLO, de lxs convencionales Raúl Zaffaroni y María José Lubertino, alentándonos y colaborando con nuestro cometido: incluir en la primera Constitución de la Ciudad EL DERECHO A SER DIFERENTE Y LA NO DISCRIMINACIÓN POR ORIENTACIÓN SEXUAL, hecho que conseguiríamos aquel 30 de agosto, en la sala de sesiones de la Biblioteca Nacional. Esa alegría de militancia, de activismo compartido, con todas las instituciones caminando juntas, se coronó cuando el 5 de mayo de 2010, a veinte días del Bicentenario como Nación, pudimos empezar a gritar: IGUALES DERECHOS, MATRIMONIO IGUALITARIO, CON LOS MISMOS NOMBRES. Después, llegaría la madrugada del 15 de julio, cuando comenzamos a creer que era posible, si bien muchos y muchas de nuestros y nuestras activistas, con la Federación Argentina LGBT como puntal de la lucha, con el compromiso de nuestrxs diputadxs, de nuestrxs gobernantes, de varios integrantes del poder judicial y de una notable cantidad de la dirigencia política nacional venían desde casi tres años atrás impulsándolo. Ese día de mayo creímos que era posible y en julio celebraríamos la Ley de Matrimonio Igualitario.


Al principio hablaba de la tristeza (efímera e intrascendente por ser personal, como dije antes). Tiene que ver porque me perdí todo ese camino de intrigas, de tensiones y de secretos que ha definido el colega Bruno Bimbi en las casi 600 páginas de su libro. Sí, me lo perdí. Tres años de intensa lucha, de idas y venidas, de aprender en la política con seres comprometidxs con la política cuando parecía que sí, pero era que no. Esa tristeza que remarco tiene que ver con no estar. Consideraba que ya había hecho demasiado en mis cinco años de activismo con el Grupo Nexo, la militancia acompañando a Carlos Jauregui en Gays DC y el periodismo desde las páginas de mi querida revista NX. Pero la vuelta a las Marchas del Orgullo, en 2007, me impulsó otra vez a la militancia. Primero desde Deportistas Argentinos Gays y Los Dogos, luego con mis escritos por editar, con el programa radial El Vahído y un empujón definitivo que me ha dado la lectura del libro de Bimbi, acompañado por el plato principal que degustamos en Congreso las noches y madrugadas del 4 y 5 de mayo, del 28 de junio y del 14 y 15 de julio de 2010 (una de esas noches estuve allí). Esta celebración me dio fuerzas nuevamente para estar en el camino, para seguir defendiendo la igualdad desde la militancia, aunque estar al lado del camino también benefició, beneficia y beneficiará a muchas y a muchos más porque hay un trabajo sostenido y militante de otras y de otros; pienso en este momento en varixs amigxs que disfrutan de todas las conquistas, que se animan a besarse o abrazarse en los espacios públicos y, sin embargo, eligen permanecer al costado del camino, mirando el mundo mientras todo pasa. Ese “estar” al lado del camino nos ha costado más que sangre, sudor y lágrimas: los y las activistas de los 60 y 70 -con la represión-, de los 80 y 90 -con los edictos policiales y las persecuciones permanentes- lo saben bien y, especialmente, las compañeras del colectivo trans que lo han padecido desde siempre y aún en muchos casos lo padecen.


Al hojear el boceto de “Rostros de un triunfo” de los queridos fotógrafos Nicolás Fernández y Javier Fuentes, me di cuenta que no podemos quedarnos sentadxs, que hay que ser protagonistas. Protagonistas de nuestro propio camino. Con la bandera del arcoiris al frente, o desde lo más profundo de cada unx, pero siempre en un camino hacia la visibilidad: el soy lo que soy.


Este reflejo de las cámaras de Javi y Nico es el triunfo de los rostros que se animaron a estar, haciendo el aguante, estando. Lo que se aprobó el 5 de mayo y el 15 de julio pudo no llevarse a cabo. Tuvieron que pelearla hasta el final. Así peleamos cada día por nuestros derechos. Así se metieron Javier y Nicolás en la previa, el durante y el pos camino del Matrimonio Igualitario. Cada luz que hay en las páginas de este cálido libro despierta admiración por sus autores, sensaciones de placer en cada fotografía reflejada y de victoria. Y la lucha continúa… Ley de Identidad de Género…


No podemos dejar que suceda lo que ha citado tantas veces Cipe Lincovsky (sobre un texto de Bertold Brecht), que ahora parafraseo aquí: “vinieron por unos, vinieron por otras, vinieron por lxs del frente, por lxs de al lado y nunca me importó nada. Ahora vienen por mí, pero ya es tarde”. Estamos en camino, estamos en acción, estamos en conquista. Lo que conseguimos… Sí que pudimos… Sí que podemos…


                                                                                                            Diego Tedeschi Loisa


* Texto para el libro Rostros de un triungo de los fotógrafos Javier Fuentes y Nicolás Fernández, 2013.


 


martes, 3 de octubre de 2006

Sangre en el mar

Sangre en el mar*




Durante mucho tiempo tomé la pluma como espada;

ahora conozco nuestra impotencia.

No importa, hago, haré libros, hacen falta; aun así sirven.

La cultura no salva nada, ni a nadie, no justifica.

Pero es producto del ser humano: el ser humano se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen ese espejo crítico.

Por lo demás es un viejo edificio en ruinas, mi impostura es también mi carácter;

podemos deshacernos de una neurosis, pero no curarnos de nosotros mismos.

Jean Paul Sartre



En el invierno de 1977 viajé junto con mi padre Carlos, un activo militante peronista, a Santa Teresita, en la costa atlántica argentina, lugar donde durante muchos veranos vacacionábamos con mis familiares. Él, junto con otros compañeros de militancia –Miguel y Héctor- viajaban periódicamente para trabajar en la construcción de casas prefabricadas de madera. Uno de los fines de semana me sumé en el viaje.

En mi casa, desde muy chicos, mi hermano Edgardo y yo, sabíamos bien quien era Evita, Juan Perón, Cámpora, Manrique, Balbín, Isabelita, Rucci, el Che. Aunque mis padres nos recomendaban que no habláramos en la escuela de Perón –durante el gobierno de facto de Videla y cía-, en casa estaba la V de la victoria pintada tras la puerta con la J y la P flanqueando ambos lados. Allí se hacían “asados peronistas” –como los describía mi madre Martha: dos kilos de asado y una damajuana de vino- y llegaban todo tipo de personas y personajes: los Cachitos, Melena con su familia, Miguel, Hugo, Dorita y Teo, los hermanos Osvaldo y Horacio con su madre Norma, el gordo Puchi, Raúl, el loco Beto, el Chiva, Rafael, la negra Cuca, muchos de los jóvenes peronistas que conformaban la Unidad Básica “Los Caudillos” de Fray Cayetano Rodríguez y Neuquén, en el barrio de Flores, y tantos compañeros y  tantas compañeras de militancia que tiempo después debieron exiliarse o que fueron “chupados” por la última dictadura militar que signó para siempre los sueños de una generación; generación propulsora  -equivocada o no- de un cambio de relevancia que jamás podría darse. Esos asados eran la despedida de muchos de esos y de muchas de esas militantes que tenían que irse del país porque sus vidas corrían el mayor de los riesgos.

En esas comidas, hasta entrada la madrugada, cerca de treinta o más personas se juntaban para el brindis de despedida de los que se iban del país, también servían para planificar pintadas “prohibidas” o para construir una idea que luego sería plasmada en un volante que días más tarde arrojaríamos (porque yo siempre me prendía) desde el citroën celeste de mi viejo cuando íbamos a la cancha a ver a mi querido San Lorenzo (en el viejo gasómetro) o al Argentinos Juniors del pibe Maradona. Los más chicos, alrededor de veinte, nos quedábamos en la calle jugando y campaneando los movimiento de la policía. Sí, campaneando... Eran tiempos de estado de sitio, se prohibía a la ciudadanía estar reunidos en la calle, en grupos mayores a cinco personas y resultaba más que sospechoso que de una casa entrara y saliera tanta gente. Uno de los frecuentes concurrentes del club Caballito Juniors –en frente de mi casa, donde pasábamos todo el día jugando al fútbol; allí donde había una sala secreta donde se jugaba a las cartas-, era un alto mando de la Policía Federal (que aparentemente era peronista -se lo puede ver en las imágenes históricas al lado del General Perón, cuando regresó al país en 1973, en la mañana lluviosa del aeropuerto de Ezeiza-). En la puerta del club, entre dos y tres autos Ford Falcon, todos verdes, esperaban que el jefe terminara sus whiskies y su partida de póker. Nosotros jugábamos en la calle y observábamos cuando alguno de los autos se iba -se quedaba siempre uno hasta que terminara el escolazo-. Cuando la brigada partía, en ese momento, dábamos el aviso para que empezaran a salir de casa quienes habían concurrido al asado, ya pasadas las o tres de la madrugada. En aquellos tiempos era natural permanecer en la puerta jugando hasta muy tarde, especialmente durante el verano, cuando vecinas y vecinos salían con banquetas, mate o sangría y se sentaban a charlar y tomar aire.

Ese fin de semana en Santa Teresita fue distinto a otros viajes con mi padre. En la radio se podía escuchar una canción que pasaban a toda hora; el estribillo decía “no te borrés que te necesitamos, si te quedás y confiás vas a ver que ganamos”, melodía que con una letra agiornada es canto constante de arenga en los estadios futboleros del país. En cada propaganda se escuchaba ese tema que, por supuesto, como todo lo que un chico escucha hasta el cansancio, luego lo repite y con los años forma parte de una memoria emotiva muy fuerte. Ese fin de semana era especial, porque un día después se sumarían mi mamá y mi hermano –Héctor y Miguel no irían hasta el lunes- y porque la tarde de nuestra llegada -lluviosa, ventosa y muy gris, que impidió el trabajo en los exteriores del chalet (aunque al día siguiente hubo un sol radiante que le permitió a mi mamá broncearse de lo lindo)- vivimos algo definitivamente irreal con toda la carga emotiva de una realidad que tuvimos que callar (papá y yo). De aquello que vimos, mi padre, luego, me repitió que no dijera nada; además, quien nos creería si ningún medio ni noticiero, ni siquiera zonal, levantó la noticia; si mi padre podía quedar seriamente comprometido; si al fin de cuentas yo tenía diez años y me esperaban mejores cosas a mi regreso a la ciudad de Buenos Aires para hacer y para jugar que hablar de ciertas cosas que a nadie le importaban porque nadie quería escucharlas y yo no debía contarlas. Había mucha presión, eso lo recuerdo muy claramente: “no patear la basura porque podía haber una bomba”, “salir con la cédula de identidad” -¿a los 10 años?-, “no usar barba ni pelo largo”, “no hablar de nada con nadie que no hablara de nada con uno” y por sobre todas las cosas “ser un espía de todos”.

Esa tarde se convirtió en única y a partir de allí tuve plena conciencia –a pesar de mi temprana edad- de que alguien desaparecía gente. Era absurdo entenderlo aunque mis padres me lo habían explicado; no lo evalué de esa manera ni lo medité  hasta muchos años después, cuando ya en entrada la democracia volvimos a charlar  sobre lo que había sucedido esa tarde tempestuosa. Lo que sí recuerdo bien fue que papá lo comentó con mi mamá al día siguiente, con sus compañeros de viaje el lunes  y en varias ocasiones en las reuniones de militancia en las que participaba y yo tenía la suerte de estar acompañándolo.

 

Carlitos, como todos lo llaman a mi viejo, es fanático de la pesca. Munido con sus cañas -y yo con una pequeña de fibra de vidrio para tratar de pescar un tiburón (mi sueño y mi necesidad)- nos fuimos, suspendido el trabajo en el chalet, a pescar. Abrigados para que mi madre, al día siguiente no nos retara de pescar una gripe en vez de un pez, nos aventuramos hacia el mar, caminamos alrededor de nueve cuadras, con mucho viento en contra y un tachito con lombrices. La playa estaba desierta, gris el cielo que configuraba un perfecto y único fondo con el océano, también grisáceo. Yo tiré mi caña pero estaba más atento a los que pescaban los demás y lo que recolectaba un grupo de pescadores que con una gran red se metían hasta bien adentro y sacaban todo tipo de peces, cangrejos, camarones y algas. Mi papá también entraba, unos cien metros, tiraba bien lejos su caña y esperaba la pica. Siempre sacaba: ese día fueron una corvina rubia y una corvina negra, luego preparadas para la noche y el día siguiente, al horno con papás. Yo no pesqué nada, nunca pesco nada, pero me gustaba estar a su lado, mirando lo infinito del mar. Mirándolo muchas personas encuentran profunda serenidad –esa tarde estaba muy sereno, a pesar de la lluvia y gracias al amaine del viento-. Yo buscaba tiburones. Estaba en boga el éxito del escualo del film de Spielberg y algunas personas se obsesionaban antes de entrar en el mar. Yo buscaba aletas; lo único que llegué a ver fueron unas cuantas toninas que engalonaron la tarde y que los pescadores afirmaron que precedían una intensa  tormenta que se dio horas más tarde.

Cuando mi padre fue a tirar por tercera o cuarta vez yo le advertí que a lo lejos había cosas flotando y que –seguro- para mí eran tiburones; en mi fantasía eran mandíbulas persiguiendo a las toninas que habían pasado. Mi padre lo comentó con otros pescadores. Adujeron que podrían ser restos de maderas, tal vez de algún choque entre botes pero nada avizoraba que pudiera tratarse de una catástrofe. Aunque lo fue. Otras personas se fueron juntando -una vez que yo corrí y le avisé al guardavidas- a mirar a lo lejos. Se acercó y llamó por handy pidiendo soporte humano y vehicular; alcancé a escuchar que mencionaba ahogados y se metió con una cuerda y dos salvavidas. En cuestión de minutos llegaron otros dos guardavidas que se sumaron, a nado, mar adentro. Nos fuimos acercando más, ya descalzos y mojados por las olas. Pasó un helicóptero sobrevolándonos y luego sobre el lugar, en apoyo aparente a los bañeros. Se sumó un bote de goma y pudimos ver como cargaban varios objetos -que luego supimos eran cuerpos humanos- en la lancha. El helicóptero se retiró cuando llegó una camioneta negra con varias personas de civil. Los que estábamos, alrededor de quince personas, nos acercamos a la lancha que llegó antes que los guardias de rescate -que regresaron a nado- y depositaron entre seis y ocho personas semidesnudas, ya fallecidas, aún sin deterioro del cuerpo, con los rostros llenos de algas y musgos; mi padre no pudo impedirme verlos y tampoco preguntó nada. Los hombres de civil los cargaron en camillas y los arrojaron en la combi. Luego se retiraron. Nadie dijo nada. Solamente uno de los pescadores sostuvo que no era usual que llegara una camioneta civil, que siempre venían la policía o una ambulancia.

 

Al día siguiente nada apareció reflejado en la prensa local. Años después, las confesiones del ex represor Scilingo, integrante de los vuelos de la muerte que arrojaba en pleno vuelo detenidos y detenidas inconscientes al mar (cumple  actualmente una condena a prisión perpetua en España), me confirmaron lo sucedido. Esos vuelos de la muerte de la Armada Naval sobre el océano Atlántico ya no eran verosímiles. El hallazgo de Azucena Villaflor de De Vincenti, Ester Ballestrino de Careaga, María Ponce de Bianco, Sor Léonie Duquet, Angela Auad y otras personas durante la corrección de este texto lo hacen veraz. Un error de cálculos, el flujo de las mareas, la necesidad de las almas de negarse a desaparecer, trajeron esos cuerpos a la costa de Santa Teresita. Eran desaparecidos. 


Diego Tedeschi Loisa




* El 3 de octubre de 2006, se presentó Memoria, Verdad y Justicia a los treinta x los treinta mil, (Buenos Aires, Baobab, 2006), un libro que editaron Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, en el teatro La Máscara de la Ciudad de Buenos Aires.

Previamente, hubo una convocatoria, que cerraba en octubre de 2005, para enviar textos, en distintos formatos, para tener la posibilidad de participar.

Envié "Sangre en el mar" y un poema, "Hijos de la luz". El relato fue seleccionado e integró un libro que tenía textos y poemas de Víctor Heredia, de León Gieco, Osvaldo Bayer, Eduardo Galeano, de las Madres, y de personalidades, referentes y militantes de los Derechos Humanos tanto como de escritorxs, poetas y poetisas que, como yo, nos sumamos a la convocatoria.

El poema quedó afuera y vería la luz de dos maneras hermosas: recitado por la actriz María Ibarreta, en un acto en la sede de la Comuna 7 de la Ciudad de Buenos Aires, el 3 de junio de 2005, en el marco de la "3ra. Muestra Itinerante Memoria Gráfica" de Abuelas de Plaza de Mayo, y en mi primer libro de poemas, Tres de un par imperfecto. Poemas al agua (Ciudad de Buenos Aires, Bubok, 2014).

Lo comparto:

Desterrados como criminales del vientre de mamá,

del cobijo de papá, los niños no dejaron de llorar.

Fueron sus almas las que guiaron el andar de sus abuelas.

Fueron sus ojos los que abrieron el futuro.


Cansados de esperar se agruparon, los hijos de la memoria...


Anduvieron caminos de desarraigo, forjaron la cruz de los días

que el tiempo borró cuando el blanco de las telas se hizo pelo.

Fueron las manos madres las que sumaron otras al canto.

Fueron sus voces niñas las que cantaron “aquí estoy”.


Peregrinos del dolor, envueltos en la mentira, vieron verdad...


Los pañuelos se multiplicaron, se hicieron luz.

No dejaron de buscar sus escarpines perdidos.

Los sones de la gloria en el viento del encuentro

dieron rostros a esos nietos, dieron llaves para volver.


Caen las hojas, amarillas, y sin embargo vuelven a multiplicarse...


en flores que embellecen vidas,

en vidas que generan sol,

en soles que iluminan almas,

en almas que se hacen voz,

en voces que derriban paredones,

que transforman realidades,

en madres que se hacen hijos

que son abuelas y la ilusión,

en ilusiones que generan esperanzas,

que abren los caminos,

que vuelcan el destino y dicen nunca más...


Caen las hojas amarillas y sin embargo vuelven a multiplicarse.

 


Dibu (a las 14.42.22)

Bilardo había dicho, en muchas oportunidades, que un equipo que venía con racha ganadora podía tener un traspié en una final si la mañana de...